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Juan Bascuñán (izquierda), Clemente García (centro) y Martín Ossandón (derecha)

Conoce estos testimonios de Tabancureños que dejaron todo para irse a África

06 de Octubre de 2021

Tres ex alumnos, tres historias diferentes y un mismo propósito: recorrer y ayudar en el continente africano. Ellos son Juan Ignacio Bascuñán (G’08), Clemente García (G’14) y Martín Ossandón (G’15), quienes en años diferentes decidieron darles un vuelco diferente a sus vidas y encaminarse a una aventura fuera de lo común. ¡Conócelos!

JUAN IGNACIO BASCUÑÁN: “Me di cuenta que para los problemas profundos, es difíciles de lograr un cambio relevante en solo 6 meses, pero donde la huella que te deja es única”

El año 2016, Juan Ignacio decidió darle un vuelco a su vida, ya que luego de dos años juntando dinero, decidió cumplir uno de sus sueños y partir como voluntario a África, asentándose en Mozambique, país con serios problemas políticos y financieros, pero que, en cambio, le entregó una nueva perspectiva sobre la sencillez, la familia y la alegría. Aquí nos cuenta su experiencia:

¿Cuál fue tu motivación para partir de voluntario a África?       

Tenía la idea de irme a África desde el inicio de la universidad, por eso luego de juntar algo de plata en mis primeros años de trabajo decidí irme a ese continente en el año 2016. Mi plan fue buscar una fundación que trabajara en un ambiente rural y encontré una que realizaba ayudas y trabajos sociales en una zona muy aislada de Mozambique, específicamente en Marinhue, pueblo donde reside la resistencia al gobierno central de Maputo, la capital. Esta es una zona con problemas económicos profundos, donde prácticamente no existen opciones de empleo para las personas y por lo que es común ver problemas de desnutrición.

Antes de Mozambique, viajé un mes por Tanzania y Malawi, por donde pasé por el paso fronterizo en bicicleta y en un camión cargado, lo que fue un largo tramo de unos 500 kilómetros. Para llegar de manera definitiva a Marinhue debí pasar por un cordón militar, donde al ser el único blanco supe con seguridad pasaría un mal rato.

Ya en el pueblo, el lugar es increíble, fuera de todo lo que podamos imaginar en términos occidentales, los pueblos tienen mucha desconexión entre sí por lo que hay algunos pueblos monógamos cerca de otros polígamos y poliandrias, y todos con lenguas distintas. En específico, el pueblo donde viví era polígamo, por lo que lo que la ocupación principal de los hombres era “pasear” y las mujeres eran quienes trabajaban en la casa, iban a buscar agua y trabajaban en las huertas.

Para mí la experiencia me parece que es inigualable y teniendo la oportunidad les recomiendo al 100% ir. En un principio, fui con la idea de “cambiar el mundo” o al menos aportar en un ambiente con problemas profundos, pero al llegar, rápidamente me di cuenta que, para los problemas profundos, es difíciles lograr un cambio relevante en solo 6 meses, pero que la huella que te deja el continente es única. África es un lugar donde la mayoría de la población es de niños, por lo que es común escuchar risas, bailes, música, personas interactuando y conversando durante horas sentados en el mismo lugar viendo cómo pasa el día. A nivel personal, debemos aprender de su conexión interior y el aprecio por el tiempo presente; y a nivel social, debemos aprender de la conexión que poseen en cada comunidad, destaco sobre esto último sobre todo el valor que poseen en relación a la familia y al medio donde viven.

¿Lo volverías a hacer?

Lo volvería hacer, esta vez algo más acompañado, ya que estaba bastante solo, pero creo que ir con mi señora sería algo único.

¿Qué le dirías a un Tabancureño que quiere ir a misionar a África?

Les diría que vayan con la mente abierta, con ganas de aprender del lugar, de la cultura, de los idiomas y que más que impactar en el entorno busquen generar lazos con las personas de ahí, ya que eso quedará por mucho más tiempo que el resto.

 

CLEMENTE GARCÍA: “No tengan miedo a aventurarse en estas cosas, el nivel de experiencia es muy alto y puede ser una gran oportunidad para crecer”

Durante este 2021, Clemente García ha estado viviendo en la República Democrática del Congo, el país más grande de África Central y el tercero más pobre del mundo, donde en una comunidad rural se ha dedicado a ayudar. Desde la localidad de Ngandanjika, Clemente nos cuenta un poco de lo que ha sido su experiencia, su llegada al país y su balance de lo que ha sido hasta ahora su viaje por el Congo. Este es su testimonio:

¿Cuándo llegaste y cual fue tu motivación para partir de voluntario?

Después de un largo viaje, pisé África por primera vez en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, junto con Agustín Cruz, ex alumno del Colegio Cordillera y amigo de toda la vida, quien me acompaña y acompañará durante toda la experiencia.

En Kinshasa estuve tres días durante los cuales pude conocer un poco la ciudad junto con mi viejo amigo Jean-Paul Kahamba, un numerario del Opus Dei congoleño a quien conocí hace siete años en Madrid. Esta fue la segunda vez que lo vi en mi vida.

Después de Kinshasa volé a Mbuji Mayi, la capital de la región de Kasaï Oriental. Ahí estuve dos días y una noche. Finalmente, el 10 de agosto de 2021 llegué en camión por un escarpado camino a mi destino final: Ngandanjika, un pueblito muy rural de treinta mil personas escondido en el corazón de África.

Mi motivación para venir a África parte desde muy chico. Desde que tengo memoria siempre he tenido un especial interés por este tremendo continente. Siempre quise, más que conocer el África negra, vivirla, estar con su gente, conocer de cerca sus costumbres y cultura, vivir lo que se vive en esos países tan desconocidos para nosotros, y, sobre todo, estar y ayudar a aquellas personas, hechas de la misma pasta que yo, que no tienen ni con qué vestirse. Así que pensé que la mejor forma de hacerlo era ir por un tiempo largo a servir como voluntario a alguno de los países con mayor vulnerabilidad social; a entregar tiempo y ayuda a mis prójimos más desconocidos.

Después de dar mi examen de grado empecé a planear el viaje, que parecía factible materializar en esta etapa de mi vida. Trabajé seis meses haciendo clases en el colegio Nocedal junto a la fundación educacional Trabün, a la par que hacía mi práctica profesional para el Estado. Terminada mi práctica y mi trabajo en el Nocedal, partí.

¿Estas actualmente con una fundación? ¿O decidiste valerte por tu propia cuenta?

Con la motivación y las ganas listas, poco a poco me fui informando de programas de voluntarios en África. Mis filtros para elegir eran tres: que fuera un programa de voluntariado católico, que fuera en un lugar rural y donde no llegara mucha ayuda material constantemente, y que fuera un lugar donde pudiera ayudar en distintas áreas, o que tuviera distintas opciones de ayuda.

Así, di con la Ángeles Whal, una ex alumna del Colegio Los Alerces, que me contó un poco de su voluntariado en el Congo, a través del Projet Ditunga, una fundación que se dedica al desarrollo del pueblo de Ngandanjika en distintas áreas relevantes.

¿En qué país estás? ¿tienes algún plan de recorrer el continente?

Estoy en la República Democrática del Congo, el país más grande de África Central. Algunos lo recordarán como República de Zaire, nombre que llevó por casi treinta años, puesto en el régimen del dictador Mobutu Sese Seko. Este país es el tercero más pobre del mundo y el séptimo más peligroso. Ha sido forjado, desde que fue descubierto en el siglo XVI, lamentablemente con mucha violencia y derramamiento de sangre.

Llevo un poco más de un mes en Ngandanjika, y me voy a quedar aquí dos o tres meses más. Terminado el voluntariado, voy a viajar un par de meses más por el sur y el este de África.

¿Cuál es la experiencia más impactante que te ha tocado vivir?

En lo general, aquí todo es realmente impactante y distinto a lo que ya conocía. La pobreza de este lugar es muy grande. La mayoría de la gente vive en chozas muy chicas, hechas con arcilla y techos de hojas de palmeras, construidas por ellos mismos, que sorprendentemente soportan sin problemas las inmensas lluvias tropicales de este lugar.

Si no salen a trabajar en un día (a cosechar o vender cosas), muy probablemente no tengan qué comer en ese mismo día. Aquí no hay luz ni gas, y el agua se saca de pozos. Los niños (pocos van al colegio) corretean desde temprano por las calles de tierra sin zapatos.

Una última cosa impresionante y puntal son los albinos de este lugar. Gente con rasgos negros con piel absolutamente blanca. Una alteración genética común aquí, pero que no deja de ser llamativo y a la vez normal. A lo largo de la historia del país han sufrido mucho una fuerte discriminación por su color de piel (hoy en día mucho menos) y actualmente siguen sufriendo un montón por la inclemencia del potente sol africano, que les destruye la piel.

¿Este viaje ha sido lo que esperabas?

Absolutamente, vivir lo que estoy viviendo es bastante similar para lo que me preparé mentalmente. Hasta el momento, he gozado cada momento (obviamente hay días de mucho cansancio y aburrimiento) pero creo que seguirá siendo una experiencia inolvidable.

Al estar fuera de tu “zona de confort”, ¿ha habido momentos en que has cuestionado tu decisión de partir?

Totalmente, hay momentos en que se echa mucho de menos a la gente y algunas cosas de la vida cotidiana en Chile, porque van a ser seis meses sin esas cosas, como son la familia y a los amigos, sobre todo, y también la comodidad de estar en la casa. Pero por lo mismo, ayuda mucho a reflexionar todo lo que tengo en mi vida, a valorarlo, a dar gracias; y, por otro lado, a valorar lo que tengo aquí, que es y seguirá siendo (espero) una experiencia buenísima de un tiempo muy corto, que muy probablemente no volveré a vivir de la misma manera en toda mi vida.

¿Qué es lo que más te ha gustado del viaje y lo que cambiarías?

Lo que más me ha gustado es el hecho de estar aquí valiéndome por mí mismo, aperrando con todo lo que es distinto, como una oportunidad para crecer en fortaleza interior, carácter, personalidad, y sobre todo amistad con Dios. El idioma, los fuertes olores, las costumbres raras, el abrumador calor y la aplastante humedad, los mosquitos, la comida, el cansancio, el aburrimiento, la monotonía, el ruido, todo lo que no tengo a lo que estoy acostumbrado, etc, etc. Hay muchas cosas que descolocan a mi hábito regular, pero que con una mirada alta son, en realidad, lo más notable y rico de estar aquí.

No se me ocurren muchas cosas que cambiar, pero sí sería muy entretenido y rico tener un río cerca para en las tardes poder ir a bañarse ahí y aminorar el calor de este país.

¿Te gustaría mandarle un mensaje a la comunidad Tabancureña desde África?

No tengan miedo a aventurarse en estas cosas, el nivel de experiencia es muy alto y puede ser una gran oportunidad para crecer mucho o quizá para deshacerse de algo que no ayuda a un buen desarrollo personal. Tiempo y oportunidades para trabajar, emprender y ganar plata van a haber muchas. Tiempo y oportunidades para hacer estas cosas, que son cortísimas, hay pocas.

¡El sacrificio sincero nos duele, pero nos vuelve muy fecundos!

MARTÍN OSSANDÓN: “Quería desafiarme a mí mismo, salir de mi zona de confort e ir a un lugar desconocido del planeta”

El año 2018, Martín Ossandón decidió dejar Chile para comenzar su travesía por África, la cual lo llevó a recorrer cinco países por casi 8 meses, en los cuales fue viendo las necesidades y poniéndose a disposición de distintas fundaciones. Martín se emprendió sin hablar mucho inglés y sin una ruta clara, lo cual lo llevó a trabajar como profesor en Egipto, crear campañas de recolección de fondos en Chile para comprarle uniformes a sus alumnos de Kenia y sobreponerse a un robo en Tanzania. Esta es su historia:

¿Cuál fue tu motivación para partir de voluntario a África?

Hay varias motivaciones, por un lado, desde chico siempre me gustó e intrigó conocer África, ya que tenemos una visión muy al estilo de las películas de Disney, muchos animales salvajes y numerosas tribus poco desarrolladas, entonces quería saber realmente como vivían y pensaban allá. Por otro lado, quería desafiarme a mí mismo, salir de mi zona de confort e ir a un lugar desconocido del planeta, casi sin saber hablar inglés y ver cómo, junto a un amigo (Ignacio Rodríguez, ex alumno Colegio Cordillera) que me acompañó buena parte del viaje, nos las arreglábamos para vivir, recorrer y comunicarnos.

¿Fuiste por tu propia cuenta o decidiste irte con alguna fundación?

Junto a mi amigo vimos y buscamos numerosas alternativas, en lo posible no tan caras, para hacer voluntariados en África, hasta que encontramos una que se llama “Aiesec”, quienes ofrecían voluntariados y pasantías entre otras cosas. Con ellos trabajamos en Egipto, donde hicimos clases de español a estudiantes que hablaban inglés, y luego en Kenia, donde hicimos clases y llevamos a cabo una campaña para darle uniformes a los niños de un colegio en Kibera, uno de los barrios más pobres del continente. Luego de eso, ya viajando completamente solo, me puse a buscar más alternativas de voluntariados mediante datos de gente de allá o con distintas aplicaciones en las que había opciones, hasta que encontré una en un poblado al norte de Nairobi (Kenia), donde estuve cerca de un mes viviendo con un grupo de unos 15 niños a los que les hacía algo así como reforzamientos escolares junto a un par de voluntarios que conocí allí.

Más adelante, por el tema de la visa, me tuve que ir de Kenia, así que seguí con la misma idea de buscar voluntariados en Tanzania y Zambia, pero no tuve mucho éxito, porque habían más “experiencias turísticas”, que claramente no era lo que buscaba.


¿Qué países recorriste y cuál fue el más impactante?

Partí por Egipto unos dos meses, y luego me fui a Kenia por otros tres. Después de eso, me fui a Tanzania, Zambia, Botsuana y Sudáfrica, alojándome en dichos países como “backpackers” o con una aplicación que te permite alojarte con gente del lugar de manera gratuita (couchsurfing), lo que era buenísimo porque conocías mucho más como realmente vivía la gente.

Respondiendo la segunda pregunta, cada uno tenía lo suyo. Ponte, me impactó muchísimo Egipto porque era muy lejano a visión que uno tiene del país con sus pirámides y todo eso, pero había muchísima pobreza y los lugares turísticos estaban prácticamente vacíos, además que su cultura era diametralmente distinta a la nuestra, lo que me causó problemas.

¿Cuál fue la experiencia más impactante que te tocó vivir?

Diría que dos, primero la que viví en el pueblo del que hablaba antes en Kenia (Makuyu), ya que ahí me tocó ver en primera persona el estilo de vida que tenían los niños con los que vivía, donde pese a no tener siquiera un verdadero baño y comer prácticamente todos los días la misma comida, eran realmente felices con prácticamente nada. Ahí me despertaba con los niños a eso de las 8 a.m, tomábamos desayuno, trabajábamos en el reforzamiento y luego pasaba todo el día junto con ellos y un par de voluntarios que me encontré allí. En el fondo me impactó la sencillez y la felicidad.

La segunda experiencia que me quedó marcada fue una puntual que me pasó la noche de año nuevo. El día en que llegué a Tanzania (desde Kenia), ya que por confianza o falta de “viveza”, me asaltaron y robaron durante más de una hora en un “taxi” con el que me acercaría a la casa de la persona que me iba a alojar esa noche. Ahí las cuatro personas que iban en el auto, me abrieron las maletas y robaron lo que quisieron, pero me dejaron todo lo importante para seguir con el viaje, y luego me botaron en una calle que daba a una avenida en Dar es Salaam, donde pude pedir ayuda a un motociclista y llegar a donde tenía que ir.

¿En algún momento te cuestionaste si fue la mejor decisión el ir a África?

La verdad es que no mucho, si bien al principio, estando en Egipto, extrañaba mucho a mi familia, amigos y a las comodidades que tenía en Chile, el hecho de haber empezado el viaje con un conocido me ayudó muchísimo a que, como nos íbamos apañando mutuamente, pudiera sobrellevar mejor el viaje, y luego cuando ya tuve más confianza y me manejaba mejor con el idioma, poder seguir viajando solo.

¿Qué le dirías a un Tabancureño que quiere ir a misionar a África?

Le diría que agarre la primera oportunidad que tenga, que no espere a tener mucha plata, a terminar una carrera o a haber recorrido medio mundo antes, porque más grande es la oportunidad de hacer voluntariado. Y que se atreva nomás, que motive un amigo o parta solo, ya que va a vivir tremendas experiencias y a aprender cosas que no se aprenden en otros lados, además de conocer lugares, gente y una tremenda cultura. Como conclusión, lo que uno recibe como persona es muchísimo más de lo que uno entrega.

 

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